Antagonías de living

Hay muchas formas de decir las cosas. La metáfora es el disfraz más antiguo del mundo. Está claro que a veces la verdad necesita ser disfrazada, necesita ser dosificada; la verdad es siempre lo mejor, pero a veces duele. Pero entonces si duele ha dejado de ser metáfora para pasar a ser cruda, ordinaria y francamente la verdad. Si duele, la metáfora se ha extinguido. Quizás fue un error en la elección de las palabras o en el orden de las mismas dentro de la oración. Sin poesía duelo mucho; con poesía duelo menos. Es lo que tengo, lo que me queda cuando palpo los lugares más solitarios de mi ser y mi casa.
Hace unas noches frente al piano, intentando garabatear unas líneas para una nueva canción triste, cometí algún error. No sé dónde fue, me tomó por sorpresa, no suelo fallar tan gruesamente. Debe ser que confundí alguna tecla y eso me descolocó, será quizás que me zumbó ese mosquito de todas las noches y me desconcentré, pudo suceder que se me desordenaran simplemente las palabras en la cabeza y todo deviniera en ese cataclismo llamado quedar desnuda frente a la verdad. El corazón, confundido. Mi cabeza, desorientada. Los nombres anárquicamente desparramados por todo el living. Las metáforas son peligrosas, pero los nombres propios lo son aún más. Se podría elaborar una teoría que demostrara fehacientemente que las metáforas son los antagonistas preferidos y casi exclusivos de los nombres propios. A los nombres no se los puede disfrazar. A la necesidad, tampoco.

Un hueco

Es un hueco en el estómago
 que adviene un estertor

es una jugada impiadosa
desconsiderada

un recuerdo suyo
que no puedo explicar
exactamente
de dónde salió

Lo que viene

Lo importante no sería este estar sentada frente al piano a las 5.45, ni el soliloquio de madrugada de lunes anegado por la corriente que dejaron ciertos adioses. No sería la falta de paz que reflejan mis insolvencias al desnudo, mi incierta búsqueda de calma, la fría certeza de estar en el lugar correcto. No sería esta pereza lejos de compartirse otra vez, el café sola pero bien acompañada, este silencio revelador, la libreta sobre el escritorio; no podría ser tampoco la tristeza mentirosa bajo el efecto del alcohol, que contrabandea recuerdos que ya quiero depositar en el sótano de una vez por todas y hasta siempre pero sin el cariño, bien etiquetado aquello a lo que no se vuelve. Lo importante no puede ser esta detestable sensación de fin del mundo que de a ratos entrecorta mi respiración, el tren que no para en ninguna estación, los andenes repletos y en ningún lado yo. Lo importante no puede ser otra cosa más que este sol cumplidor saliendo hoy, como ayer, seguro mañana, alumbrando los edificios, el piano, mi cara, lo que viene.

Tarde

Tenía una antorcha en las manos, un fuego primitivo, caluroso, un arrojo de confianza, un signo de pregunta insignificante en el hubiera; un paroxismo que quizás contenía todas las futuras cenizas de una materia que ya no sería sino lo que me llevara a vos otra vez. Tenía el valor para abandonar cualquier otra posibilidad en el horizonte, amarte otra vez y de la mejor manera que me lo permitieran los rincones desahuciados de mi corazón, los rincones donde habita hasta el desencanto y dejarme curar por vos. Sentía un vigor proveniente de otras vísceras, no mías y mías, abandonadas de cálculos y especulaciones. Comprendía la gravedad de lo que estaba por hacer, quemar las naves negaba cualquier posibilidad de retirada. Quemar las naves era quedarme irremediablemente con vos, aunque no quisiera y aunque tarde descubrí que te quiero en un total general. Tarde es la palabra maldecida y relegada a lo que no será por destiempo. Y te quise, cuanto pude y como pude porque fuiste la bendición hilarante de los días brumosos, la amorosa estupefacción cuando resolví en llanto sin previo aviso los dolores que mejor camuflados tengo. Perdón por las noches que no fueron por indescifrable, yo con mis mundos atiborrados de ideas, contenidas en dos o tres metáforas que no alcanzan para revelarme y entiendo que no entiendas. Tenía una antorcha en las manos, realmente era ese fuego primitivo, caluroso y arrojado de confianza.
Alcen velas que nos vamos.

Descarríos

Hubo una verdad
descarriada de otras
verdades que no te
permitieron ver

acá en este rincón
del mundo
podíamos

quizás fue una distracción
descarriada de otras
distracciones
la que mostró con crudeza
esta terraza abandonada
por donde te fuiste

La paz en tus párpados

Irrumpe la paz en tus párpados. Todavía queda un poco de luna afuera, pero en cualquier momento el sol va a empezar a pintar los edificios que decoran la ciudad. Dormís. Te miro. Tu respiración es serena; tu expresión, apacible; mi pulso lleva tu ritmo, mis ojos te recorren como si este fuera un permiso concedido por única vez. El silencio es centinela de nuestra noche, celador de nuestros tequieros.
En un rato me vas a pedir con mucho esfuerzo que baje la persiana, esa manía que tengo de dormir casi a la intemperie y dejarme anunciar por la epifanía de la luz que el día empieza a tu lado. Si abrieras los ojos en este instante, me encontrarías mirándote como la primera vez. Desarmada de nostalgias, confinada a tu corazón me sorprende el albor que hecha las penumbras por la puerta de atrás. Si abrieras los ojos en este instante me verías casi lagrimeando como una huérfana de recuerdos con su más preciado bien, el presente. Comienzan los primeros movimientos en tu cara, los primeros encuentros con la realidad y esa luz impertinente que te trae de vuelta sabe Dios de qué sueño. Antes de que digas nada me levanto y bajo la persiana, lo agradecés con una sonrisa perezosa que conozco muy bien. Vuelvo a tu lado, me abrazo a tu descanso. Descanso con vos.

Sincerarnos

Tengo que sincerarme. Mientras intento conciliar el sueño me distrae la melodía indescifrable que canta tu voz en la excursión que atraviesa el living y llega a la cocina en busca de una de las tantas botellas de agua que guardo en la heladera no sé por qué. Tantas, no sé por qué tantas, pero están ahí para que encuentres cuantas quieras encontrar y me traigas a mí también que muero de sed de a ratos, sobre todo cuando no estás. Quizás pasan tres minutos que se equiparan a la eternidad de lo que vendrá, de lo desconocido, pero volvés, es tan bueno verte volver, volvés como te fuiste, con la naturalidad del cuarto de al lado, de que serán las ocho de la mañana y domirás tranquilamente mientras me abrazo a vos como a aquello que me salve del naufragio en medio del océano. Pero sos mucho más que eso, tenés que saberlo, no podés dudarlo, tengo que asegurarme de que así sea. Tenés que entender que sos todo lo mucho más que podés ser, que esta náufraga sólo sentirá el malogro si siendo este el amor al que vuelven todas las palabras, donde los silencios pierden su esterilidad y coinciden nuestras filias y fobias, los daños y los reparos de mi corazón que sana en tus manos, revive en tus besos y calma en tus brazos, del tuyo que subleva los infortunios en mis ojos, desoye la voz que me arrastra a aferrarte a mi vida cuando el vendaval amenaza con sacarte de esta aventura de querernos siempre nuevamente, si desoís el grito desde el fondo del recelo que dice que acá conmigo estás bien. Tengo que sincerarme con vos, tengo que decirte que los centímetros son metros de tanto en tanto, que hoy casualmente son kilómetros y no estás a la redonda. Que tengo sed y no escucho la melodía, inusual falla en mi memoria, que me la saque, que no te veo venir en las penumbras intentando hacer pie para no tropezar con la improvisada mesa de luz. Tenemos que sincerarnos, no creo que estos corazones resistan una partida más. Creo que debemos enfrentar el hecho de que la próxima vez que vuelvas, será para toda la vida.

Solidaridad

Hoy
padezco por
todas las personas
que se preguntan
qué hay
mejor
que cualquier pasado

y no tienen tus brazos
para contestarse.

Llenaste la casa de flores

Llenaste la casa de flores. Apareciste como una bendición, la que lo es más por inesperada. Cautivaste cada rincón, ordenado como habrás visto, absorto en tu presencia por si no lo notaste. La casa está linda, viste. Cuánto más cuando la respirás conmigo. Me había dejado olvidado entre los renglones que los ceniceros llenos y sucios podían significar otra cosa que la indolencia y las noches aniquilando la soledad, atando la desidia, bebiendo la mentira trago a trago. Tenía desdibujados tus matices, tus manos, tus gestos. Había una cortina de cenizas entre tus ojos y los míos, esos animalitos que se miran y se rehúyen, que dicen verdades silenciosas, las mejores verdades que podemos escuchar, el cariño profundo, el estamos bien acá y así y no hace falta decir más nada ni hacer ningún movimiento torpe que lo arruine todo. No pienso que vayas a volver, entendeme. No tengo el anhelo depositado en ningún sobre que vaya a parar a ningún buzón, solamente disfruto de las flores que dejaste, de las escuetas caricias que no me diste pero estaban ahí dando vueltas, de tus nervios, o los míos por habitarnos en el metro cuadrado otra vez después del llanto que pude calmarte a fuerza de que lloraras cuanto quisieras. Los ambages no fueron necesarios, no existió lo intrincado, sólo diafanidad en los ojos. Me había olvidado de que podíamos eso. Llenaste de flores la casa, entendeme. Hoy se respira distinto.

Engaños

Quién dijo
que podía caber en sus hojas
quién dejó que creyera
que a través de lo efímerose puede olvidar.

Quién te permitió
ponerme por escrito

y quién nos convenció
de que trazando
palabrascede el tiempo

Venir a descansar

Pero vos tenés esa gran virtud que es la consideración. Porque pedirme que no te pensara hubiera sido desconsiderado, casi cínico. Y ahora todo pasó a segundo plano. Cuando se presenta la tragedia, la griega o la porteña, bordeando la propia vida, el orden se hace espacio a fuerza de gritos y espabilos, y cada cosa deberá ir a parar a su lugar. Yo empecé por casa, si vieras qué linda está. Pero entonces la dramaturgia del olvido, la representación gráfica y soñadora de este sentimiento tan inútil y fracasado necesita irse a descansar. Hay otras cosas en qué pensar, como por ejemplo en que estés bien, que tengas a quien te arranque la sonrisa de corso de carnaval en el momento oportuno, o te haga agarrarte la cabeza perdiendo el equilibrio en la paciencia, apeándote de las ganas de asesinar, con esa impulsividad que te caracteriza y nos deja del otro lado del teléfono con un tono intermitente que anuncia sin preámbulos que la conversación ha terminado porque vos lo decidiste. Pero te extraño. Aunque la tristeza esté de gira y hablemos en voz baja para que no vuelva antes de tiempo, acá hay otras cosas que te acusan de ausente. Todo necesita descansar ahora. Y si también necesitaras descansar, no sabés qué linda está la casa.

No te muevas

No te muevas
estoy terminando de dibujarte
las líneas

La peor de todas

Te busco sin metáforas. Te busco al amanecer, al salir de la sombra del cuarto en penumbras, te busco en un café con leche sin galletitas. No te encuentro en un tapper vacío que nunca contiene nada en su interior y no sé por qué me llama la atención entonces, en un mate que está demasiado amargo para tu gusto pero se lava en un ratito, tené paciencia, en una canción al piano que bendecís apenas deja de sonar. Te recuerdo en las dos o tres últimas frases que me dijiste con lágrimas en los ojos, en las mejillas, en la boca, en las manos. Te odio con insignificante sospecha en el espacio que trazaste entre vos y yo. Dos pronombres tan separados que nada tienen que hacer en una misma oración y que pasaron a ser. Vos. Yo. Así de separados. Así.
Te busco sin metáforas. Al menos quisiera y poder ser más cruda con la realidad que es bien cruda. No decir que la tristeza es como la sal que decanta del vino o el cielo negado por la pasión más incontenible. Decir simplemente que me hacés falta, en lo más sencillo y que sólo el rencor se compara con esa falta, la llena. Pero quizás ya estuviera hablando en metáforas sin poder escaparles. Y vos sos la peor de todas. Vos sos la maldita metáfora que pinta este cuadro de gris.

Welcome

Como alquimia del dolor
luz de faro
paraíso en el infierno
veneno impetuoso
olvido repentino de infortunios
toque de queda a la tristeza
sol bajo sombra y primaveras
piedra libre al mirarse en el espejo
evidencia de duelos triviales
bandera blanca hacia uno mismo
emboscada repentina al desamor
fogata de malos presagios
equipaje de mano vacío
pasaje sin vuelta para la nostalgia
barricada para la esperanza
conflicto profundo de la oscuridad
vereda ancha hacia el ensueño
final nuevo en un cuento
abismo para el que nunca teme
osadía de salir al mundo
certeza recuperada de un cajón
anhelo inalterable de un regreso
así te esperaba.

Casi fácil

El desvelo clavado al otro lado de la cama, el llanto inaudible de las dos de la mañana, el deseo de desvanecer en vos, exhalarme en tu esencia, inhalar tu presencia. Parece decir que es casi fácil. Así se lee. Ejercer la osadía, animarse al silencio de la sombra, sorprenderse en la esquina radiante y en esa esquina de mierda desolada que parece estática para la postal triste de todos los amores que dejan de ser amores para ser la postal. Las dos vienen juntas, como todo, son una misma esquina. Y todo esto que no tiene similitud alguna con la posibilidad de doler menos en este preciso instante.
 Me habla como de facilidades. Así como se fue, así como pidió que esto fuera un adiós sin regreso, sin palabras en el medio, prohibidas de metáforas. Me clausura la vida y acaso insinúa que pudiera llegar a ser casi fácil. Tengo que informarle que no, decirle que quedan miles de palabras en cola esperando asidero, el pequeño pretexto para volver a organizarse y decir te extraño, la simple excusa para reescribirle una Odisea, para animarme a recrearla. Maltrechas, como puedan; malditas, como siempre; ultrajadas por el olvido; pobres palabras cautivas y recortadas. Esto no es casi fácil. Esto es, por ahora, imposible.

En este preciso instante

En este preciso instante, en este mismísimo momento podría estar viviendo, salir de la casa y respirar el aire fresco presentando un otoño tardío, permitir entrar al sol más allá de la ventana porque no alcanza con subir la persiana y hacer de cuenta que realmente todo está iluminado, convencer a este hastío parasitario de que arme las valijas y se consiga otro yo, saltar un rato por el cuarto sacudiendo todas las extremidades, recirculando la sangre de un rincón a otro, de la cabeza a los pies, de cava a aorta, de vos a mí si no fuera mucha molestia, interceptar los estímulos nerviosos que me mantienen inmune a cualquier movimiento, que me atan a la sensación de que en este preciso instante, en este mismísimo momento en que escribo y alguien lee, yo podría estar viviendo.