Antagonías de living

Hay muchas formas de decir las cosas. La metáfora es el disfraz más antiguo del mundo. Está claro que a veces la verdad necesita ser disfrazada, necesita ser dosificada; la verdad es siempre lo mejor, pero a veces duele. Pero entonces si duele ha dejado de ser metáfora para pasar a ser cruda, ordinaria y francamente la verdad. Si duele, la metáfora se ha extinguido. Quizás fue un error en la elección de las palabras o en el orden de las mismas dentro de la oración. Sin poesía duelo mucho; con poesía duelo menos. Es lo que tengo, lo que me queda cuando palpo los lugares más solitarios de mi ser y mi casa.
Hace unas noches frente al piano, intentando garabatear unas líneas para una nueva canción triste, cometí algún error. No sé dónde fue, me tomó por sorpresa, no suelo fallar tan gruesamente. Debe ser que confundí alguna tecla y eso me descolocó, será quizás que me zumbó ese mosquito de todas las noches y me desconcentré, pudo suceder que se me desordenaran simplemente las palabras en la cabeza y todo deviniera en ese cataclismo llamado quedar desnuda frente a la verdad. El corazón, confundido. Mi cabeza, desorientada. Los nombres anárquicamente desparramados por todo el living. Las metáforas son peligrosas, pero los nombres propios lo son aún más. Se podría elaborar una teoría que demostrara fehacientemente que las metáforas son los antagonistas preferidos y casi exclusivos de los nombres propios. A los nombres no se los puede disfrazar. A la necesidad, tampoco.