La peor de todas

Te busco sin metáforas. Te busco al amanecer, al salir de la sombra del cuarto en penumbras, te busco en un café con leche sin galletitas. No te encuentro en un tapper vacío que nunca contiene nada en su interior y no sé por qué me llama la atención entonces, en un mate que está demasiado amargo para tu gusto pero se lava en un ratito, tené paciencia, en una canción al piano que bendecís apenas deja de sonar. Te recuerdo en las dos o tres últimas frases que me dijiste con lágrimas en los ojos, en las mejillas, en la boca, en las manos. Te odio con insignificante sospecha en el espacio que trazaste entre vos y yo. Dos pronombres tan separados que nada tienen que hacer en una misma oración y que pasaron a ser. Vos. Yo. Así de separados. Así.
Te busco sin metáforas. Al menos quisiera y poder ser más cruda con la realidad que es bien cruda. No decir que la tristeza es como la sal que decanta del vino o el cielo negado por la pasión más incontenible. Decir simplemente que me hacés falta, en lo más sencillo y que sólo el rencor se compara con esa falta, la llena. Pero quizás ya estuviera hablando en metáforas sin poder escaparles. Y vos sos la peor de todas. Vos sos la maldita metáfora que pinta este cuadro de gris.

Welcome

Como alquimia del dolor
luz de faro
paraíso en el infierno
veneno impetuoso
olvido repentino de infortunios
toque de queda a la tristeza
sol bajo sombra y primaveras
piedra libre al mirarse en el espejo
evidencia de duelos triviales
bandera blanca hacia uno mismo
emboscada repentina al desamor
fogata de malos presagios
equipaje de mano vacío
pasaje sin vuelta para la nostalgia
barricada para la esperanza
conflicto profundo de la oscuridad
vereda ancha hacia el ensueño
final nuevo en un cuento
abismo para el que nunca teme
osadía de salir al mundo
certeza recuperada de un cajón
anhelo inalterable de un regreso
así te esperaba.

Casi fácil

El desvelo clavado al otro lado de la cama, el llanto inaudible de las dos de la mañana, el deseo de desvanecer en vos, exhalarme en tu esencia, inhalar tu presencia. Parece decir que es casi fácil. Así se lee. Ejercer la osadía, animarse al silencio de la sombra, sorprenderse en la esquina radiante y en esa esquina de mierda desolada que parece estática para la postal triste de todos los amores que dejan de ser amores para ser la postal. Las dos vienen juntas, como todo, son una misma esquina. Y todo esto que no tiene similitud alguna con la posibilidad de doler menos en este preciso instante.
 Me habla como de facilidades. Así como se fue, así como pidió que esto fuera un adiós sin regreso, sin palabras en el medio, prohibidas de metáforas. Me clausura la vida y acaso insinúa que pudiera llegar a ser casi fácil. Tengo que informarle que no, decirle que quedan miles de palabras en cola esperando asidero, el pequeño pretexto para volver a organizarse y decir te extraño, la simple excusa para reescribirle una Odisea, para animarme a recrearla. Maltrechas, como puedan; malditas, como siempre; ultrajadas por el olvido; pobres palabras cautivas y recortadas. Esto no es casi fácil. Esto es, por ahora, imposible.

En este preciso instante

En este preciso instante, en este mismísimo momento podría estar viviendo, salir de la casa y respirar el aire fresco presentando un otoño tardío, permitir entrar al sol más allá de la ventana porque no alcanza con subir la persiana y hacer de cuenta que realmente todo está iluminado, convencer a este hastío parasitario de que arme las valijas y se consiga otro yo, saltar un rato por el cuarto sacudiendo todas las extremidades, recirculando la sangre de un rincón a otro, de la cabeza a los pies, de cava a aorta, de vos a mí si no fuera mucha molestia, interceptar los estímulos nerviosos que me mantienen inmune a cualquier movimiento, que me atan a la sensación de que en este preciso instante, en este mismísimo momento en que escribo y alguien lee, yo podría estar viviendo.